Cuento: ¡Buen viaje, pingüinos!

De lejos hombres con trajes negros y corbatas blancas como la leche que iban por las piedras moviendo sus alas; en realidad se trataba de pingüinos, muchas familias de pingüinos que se acercaban al mar.
Las piedras ya estaban cubiertas de nieve y era hora de nadar hacia aguas más cálidas.
Algunos pingüinos más juguetones, como Aneki y su hermana Toia, se tiraron sobre sus panzas y las usaron como patines para resbalar por el hielo que cubría el suelo.
Así llegaron primero al mar:

  • ¡Te gano! –exclamó Aneki, pero se cayó de cabeza al mar. Toia lo siguió, riendo.

Los pingüinos nadaban entre las olas y movían sus alas como remos hasta que Toia gritó:

  • ¡Allá hay una isla!
  • No, es una montaña de la que sale un chorro de agua –contestó Aneki.

De pronto, apareció una cabeza enorme y después una cola. ¡Era una ballena!

  • Las ballenas somos amigas de los pingüinos –dijo.- ¿Quieren resbalar por mi lomo y jugar al tobogán?

Los pingüinos se divirtieron con la ballena hasta que Aneki tuvo hambre: se sumergió y pasó rápido como una lancha, con un molusco en el pico. Toia atrapó un pez, pero entonces la ballena les avisó:

  • ¡Cuidado, se acerca un barco!, ¡Muevan sus alas y escapen!

Entonces Aneki y Toia buscaron a los otros pingüinos, pero no estaban.
El barco se acercaba cada vez más, a su alrededor, una mancha negra que tapaba el azul del mar cubrió todo y los alcanzó. Asustados, los pingüinos vieron como sus plumas se pegaban, abrieron los picos una y otra vez, apenas podían respirar.

  • ¡Rápido! –suspiró Aneki.- Mira esa orilla, ¡Vamos para allá!
  • No puedo –dijo Toia, agitando sus alas, sin fuerza.
  • Nademos como los buzos bajo el mar –la animó Aneki.

Cuando por fin llegaron a la orilla, divisaron que algunos nenes estaban haciendo castillos de arena, adornados con caracoles. Uno de ellos gritó:

  • ¡Miren, allá hay pingüinos!
  • ¡Esperen, no los asustemos! –dijo una nena llamada Josefina.
  • Parecen enfermos –exclamó Tomás, el nene más grande.- Mi tío Germán sabe cómo curar a los animales, iré a buscarlo.

Aneki y Toia tenían miedo, pero estaban seguros de que esos niños iban a ayudarlos y se acercaron despacito.
Ya venía Germán, el tío, con Tomás en una camioneta. Cuando llegaron, les explicó a los niños:

  • Hay que sacarles el petróleo de las plumas, esa mancha no deja pasar el aire y los ahoga. Pero me vine preparado, traigo una botella con algo especial.

De un bolso blanco sacó varios trapos, la botella misteriosa y una cámara con la que tomo fotografías de los pingüinos y los niños.
Todos ayudaron a frotar las manchas y, poco a poco, las plumas del pecho de Aneki y Toia fueron quedando, otra vez, blancas como la leche. Entre tanto, los chicos hacían montones de preguntas.
Germán les explicó que los barcos tiran petróleo al mar, sin pensar en los animalitos que viven en él, inclusive las aves.

  • Recién ahora la televisión y los diarios del mundo hablan de eso. Voy a enviar las fotos que tomé a los diarios, para que la gente se entere y aprenda a cuidar a los animales del mar –dijo el tío Germán.
  • ¡Bien! –gritaron los niños.
  • Bueno, ahora voy a llevar a los pingüinos a mi casa así descansan en la bañadera –terminó diciendo el tío, y se fue.

Apenas salió el sol, los niños fueron a ver a los pingüinos. En el campito estaba toda la gente del lugar que, con guitarras y cantando, siguieron a la camioneta.
El tío Germán y los niños llevaron a los pingüinos a la orilla. Muchos se metieron al mar y los acompañaron con botes hasta que sus ojos no los vieron más.
¡Buen viaje, Aneki y Toia!

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