Poesía: ¿Cuántos vienen a la fiesta?

A la sombra de un ombú
se reunieron a organizar
los festejos pertinentes
al día del animal.

Llegó un chimango, un hornero,
un puma, una mara
y un ciervo que preguntaba
¿Cuántos invitados serán?

  1. El chimango
  2. El hornero
  3. El puma
  4. La mara
  5. El ciervo

Levantando polvareda
se acercaron a la cita
un guanaco, una vicuña,
un ternero y una mulita.

Por último y al tranquito,
llegó un tatú carreta
que le preguntaba al ciervo
¿Cuántos somos en la fiesta?

  1. El chimango
  2. El hornero
  3. El puma
  4. La mara
  5. El ciervo
  6. El guanaco
  7. La vicuña
  8. El tero
  9. La mulita
  10. El tatú carreta

Y no vino nadie más…

Leonardo Antivero

Poesía: El ratoncito escobilla

El ratoncito escobilla
vivía cerca de un parque,
en su casita amarilla,
detrás de los rosales.

Es un ratón barrigudo,
con una tierna sonrisa,
un gran hocico peludo
y una cara divertida.

Todas las mañanas,
al salir el sol,
toma su escobita
y empieza su labor.

Barre por aquí,
barre por allá,
todas las hojitas
ha de acumular.

Pues llegó el otoño
y los arbolitos
pierden las hojitas
poquito a poquito.

Siempre hay papeles
para recoger,
cáscaras de pipas,
cáscaras de nuez.

Bolsas, chucherías
Y, alguna que otra vez,
Unas basurillas
No se sabe bien de qué.

Los perritos ensucian,
los niños también
y algunos mayores
ensucian por tres.

Pero el ratoncito,
que es trabajador,
limpia que te limpia
con satisfacción.

¡Oh, qué hermoso parque!
dice todo el mundo
¡Esto es un tesoro, una maravilla!
El verdor del césped,
las flores tan lindas
¡Todo, todo, todo, gracias a Escobilla!

Poesía: Una abeja diferente

La abeja Fortunata
es un poco rara,
no hace miel,
hace dulce de batata.

No vive en la colmena,
tiene su propia casa,
no quiere ser reina
ni tampoco esclava.

No anda por los jardines
toda despeinada
buscando polen de flores,
lo compra en la farmacia.

Con un pobre zángano
ni sueña estar casada,
prefiere ser solterona,
solita y liberada.

En la sociedad de la colmena
su conducta hizo revuelo,
hablan pestes sobre ella,
la dejaron por el suelo.

Ahora la abeja Fortunata
tiene pedido de captura
por ser “obrera rebelde,
feminista y caradura”.

Vilma Novick Freyre

Cuento: Un pichón de avestruz

Un avestruz esconde los huevos que pone, pero Margarita, el avestruz de nuestro cuento, se olvidó dónde había escondido el suyo.
Margarita tenía ese nombre porque sus ojos parecían botones amarillos, rodeados de pestañas blancas.

Era la primera vez que tendría un pichón, y tan temerosa estaba de que se lo fueran a robar antes de nacer, que fue a un matorral, uno de esos lugares donde los pastos y los arbustos crecen muy juntos y en tal desorden que ninguno sabe cuáles son sus hojas ni cómo son.

Entre tanto yuyo, Margarita encontró un espacio vacío que aprovechó para hacer un pozo no muy profundo y poder poner su huevo.

Más tarde, cayó una lluviecita tibia.

  • El verano está cerca, va a llegar en dos días –les avisó el agua a los pastos, así se iban preparando.

Y sucedió que un calor muy dulce que venía con el verano, llegó antes que él y buscó un lugar para descansar, y el lugar que más le gustó fue el matorral con el huevo de avestruz tapado con tierra.

El calor se recostó en ese lugar, bien amontonado, de modo que alcanzó mayor temperatura.

El cascarón se puso amarillento y aumentó de tamaño. Al crecer, se asomó a la superficie y le quedó la mitad al aire.

Y cuando el verano llegó por fin, el calor, que se había acobijado en el matorral, salió a recibirlo. Las altas hierbas se inclinaron para observar al agigantado huevo y terminaron tapándolo.

Cuando Margarita fue a buscar el huevo, el matorral estaba tan enredado que no lo pudo encontrar. ¡Pobre Margarita! Buscó y buscó, y luego se alejó, pensando que se había equivocado de lugar.

Un domingo por la mañana, un grupo de chicos exploradores encontró ese enorme huevo.

  • ¿De qué animal será? –fue la pregunta que todos se hicieron.
  • ¡Uhh! Debe tener muchísimos años –dijo uno de los chicos, que había advertido su color amarillento.

Y enseguida todos gritaron:

  • ¡Seguro que es un huevo de dinosaurio!

María Granata

Cuento: Viaje en globo

Un conejo, un títere y un perro lanudo decidieron hacer un viaje en globo. El conejo era el piloto.

A poco de estar volando, atravesaron una nube, de abajo hacia arriba.

  • Le hicimos un agujero a la nube –dijo el títere.
  • Se lo tendríamos que remendar –dijo el perro, muy preocupado.

Pero no pudieron encontrar nada con qué taparlo.

  • Es la primera vez que, en el cielo, se ve una nube tan agujereada –dijo una tortuga que estudiaba astronomía.

El globo siguió subiendo y el títere casi se cae, porque intentó atrapar los últimos hilos de una llovizna que pasaba apurada.

Y de pronto, los tres vieron un bellísimo arco iris.

  • ¡Los siete colores! –anunció el conejo.
  • Rojo, anaranjado, amarillo… -dijo el perro, señalándolos.
  • Verde, azul, añil y violeta –agregó el títere, encantado con los colores.

Y tanta alegría sintió, que saltó al borde del cesto para saludarlos. Por suerte, el perro lanudo lo sujetó a tiempo y no se cayó.

Asombrados, veían la ciudad con sus casas como de juguete y les pareció que toda la vida habían andado por el aire.

De pronto, el conejo se alarmó:

  • ¡Estamos en peligro! Los radares anuncian que hay algo que nos atacará.

Sin embargo, ellos no veían nada.

  • El único peligro que corremos, es que se pinche el globo –razonó el títere.

El perro lanudo dio su parecer:

  • Puede ocurrir que caiga un rayo y que el globo deje de ser redondo.
  • No se ve ni un poco de tormenta eléctrica –observó el conejo.
  • No se ve, pero tal vez se esté preparando una tormenta en el aire que está adentro del globo –insistió el perro, preocupado.

El títere se tapó las orejas, por si rugía un trueno.

Los tres quedaron arrinconados en el cesto y, cuando al fin se incorporaron, vieron con terror que se les acercaban los pajarracos pinchadores. Tenían largos picos afiladísimos.

  • ¡Estamos perdidos! –se desesperó el conejo.- ¡Nos van a desinflar el globo!

Menos mal que pasaba por allí el viento aventurero. Y cuando uno de los pinchadores se acercó, el viento alzó el globo hasta lo más alto del arco iris, entonces los pajarracos lo perdieron de vista.

  • ¿Ustedes vieron un globo por aquí? –les preguntaron a los colores.
  •  Lo vi, pero ya no lo veo –dijo el rojo.
  • Pasó cerca de mí –contestó rápidamente el anaranjado.
  • A mí me tocó –respondió el amarillo.
  • Yo estaba mirando al revés –dijo el verde.
  • Yo vi dos orejas de conejo –agregó el azul.
  • Y yo, un títere que les sacaba la lengua a ustedes –dijo el añil.
  • Y un perro que les mostraba los dientes –contestó el violeta.

Los pinchadores vieron el globo, pero el viento se lo llevó debajo del arco iris. Entonces, como el viento aventurero ya no estaba, los pinchadores volvieron a perseguirlos.

Llegaron a un metro del globo, a medio metro, a quince centímetros. Ya estaban los pinchadores apenas a dos centímetros del globo, justo cuando éste pasaba por la nube agujereada, a través del mismo agujero que había hecho al subir. Pero los pajarracos no pudieron pasar porque la nube cerró su espacio abierto con un círculo de tormenta y relámpagos.

A los pinchadores se les quemaron las puntas de los picos y ya no podían pinchar nada. El globo aterrizó en medio de muchos conejos, perros y títeres que habían llegado de todas partes para festejar el regreso de los aventureros.
Y también había muchos chicos que los saludaban y los aplaudían.

Cuando los tripulantes bajaron del globo, el festejo alcanzó el tamaño de una ciudad.

María Granata