Cuento: El escarabajo trompetista

Coco, el pequeño Escarabajo, vivía cerca de la quinta de Doña Gallina. Siempre paseaba solo, con su chaleco gris y su sombrero negro. Su casita estaba hecha de cáscara de nuez y al lado de un fuerte árbol que no protegía del viento y la lluvia.

Al Salir los primero rayos de sol, abría la ventana y ensayaba con su trompeta. ¡Claro, Coco era trompetista!
¡Tararí tarará tararí! – todas las mañanas entonaba su canción.
Él quería mucho a su trompeta dorada, se la había regalado un viejo Búho que vivía en el bosque.
Llevaba años practicando y realmente era maravilloso.
Sus amigos soportaban sus ensayos con mucha paciencia y lo alentaban para que cada día aprendiera un poco más. Sus notas cada vez sonaban mejor.
Cuando sus amigos, la Gallina, el Saltamontes y el viejo Búho, se enteraron que en el bosque había un concurso musical, no dudaron en anotarlo para que concursara.
Su música llegó a conocerse en otros bosques cercanos. Todos los animales querían oírlo.
Llegó el día del concurso. Sus amigos se vistieron con hermosas ropas y esperaban atentos el momento de la actuación. Pero algunos animales no creían en el talento que Coco tenía. Comentaban:

  • ¿Un escarabajo músico? No, eso no es posible.
  • Pero claro que no, ese escarabajo es feo y no vive en una casa elegante.

Coco sorprendió a todos con sus melodías. Eran tan hermosas que los animales que estaban escuchando quedaron encantados con su presentación.
El concurso fue un gran éxito y todos aplaudieron, especialmente a Coco, con alegría.
Coco se hizo muy famoso, pero siguió viviendo en su casita de cáscara de nuez y divirtiéndose con sus amigos en el bosque.

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Cuento: Púas, el erizo

Púas era un erizo pequeñito de color marrón, tenía un hocico negro y unas patitas gordas. Siempre se metía en líos por culpa de sus púas pinchosas.
Cierto día, se encontraba, Doña Gata, tejiendo una manta para su bebé gatito y Púas se acercó a curiosear.
La gata había comprado, en la tienda, una gran canasta de madejas de colores y quería terminar esa manta antes de que pase el invierno.
Doña gata le decía a su gatito:

  • ¡Qué lindo vas a estar! ¡Eres el gatito más lindo de toda la vecindad!

Púas se había escondido detrás del sillón, y los colores de las madejas llamaron su atención. Al inclinar la cabeza para verlas mejor, cayó dentro de ellas. ¡Qué desastre! Púas se había enganchado entre los hilos y había enredado todo con sus púas.

  • ¡Mirá lo que has hecho! ¡Ahora qué voy a hacer! –dijo Doña Gata, preocupada.

Púas se sintió muy avergonzado y pidió disculpas a Doña Gata, pero el hilo estaba destrozado y ya no servía para hacer la manta.
Al llegar a su casa, Púas le contó a su mamá lo que había ocurrido en casa de Doña Gata. Estaba tan apenado que le pidió ayuda a su mamá para que le enseñe a hacer una manta.
Su madre, sorprendida por el gesto noble de su hijo, le respondió:

  • No te preocupes Púas, todo tiene solución, yo voy a ayudarte. Pero recuerda: no debes ser tan travieso, debes tener más cuidado.

Luego de terminar la manta para Doña Gata, Púas salió a jugar al bosque. De repente vio la madriguera de un conejo y quiso entrar en ella para curiosear. La Doña Coneja acababa de tener crías, estaban todas allí dentro, muy juntitas, todavía eran demasiado pequeñas para salir.
Púas consiguió meterse en la madriguera, pero no podía ver nada. ¡Estaba todo muy oscuro! El erizo iba de un lado para otro, sin darse cuenta que según se movía, iba pinchando a las crías.

  • ¡Fuera de aquí! –le dijo Doña Coneja, muy enojada.

Púas estaba realmente triste. Él no quería hacer daño con sus púas, pero siempre le salía todo al revés. Y los animalitos del bosque siempre se enojaban.
De regreso a su casa, a Púas se le ocurrió una gran idea para compensar a todos los animalitos a los que había hecho enojar, y, de paso, darle utilidad a esas púas pinchudas:

  • ¡Ya sé! ¡Limpiaré las alfombras de las casas de los animalitos! –dijo Púas, convencido de que había encontrado la solución. – Esta vez tengo que hacerlo bien y estar preparado para trabajar. No volveré a equivocarme.

Al día siguiente, Púas, se colocó su mascarillas para el polvo y se dirigió a la casa de Doña Gata, luego a la de Doña Coneja y así fue limpiando la casa de todos los animalitos del lugar.
Todo los animalitos estaban contentos de que Púas hiciera algo que le gustara y no molestara a los demás.
Así fue como Púas se convirtió en un gran limpiador de alfombras y todos estuvieron muy orgullosos de él.

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 Cuentos para niños de 3 a 5 años

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Cuento: El ratón García

Aquella fue una temporada distinta porque a los chicos se les cayeron más dientes que nunca. ¡Los ratones Pérez no daban abasto!

Una noche, por fin, los ratones decidieron que por primera vez emplearían un ayudante ajeno a la familia. El elegido fue el primero que pasó, el joven ratón García.

Pero no hubo tiempo de enseñarle la tarea, sólo le dieron una bolsita con monedas y las direcciones de los chicos a los que había que llevárselas.

Con el primer chico, el ratón García se equivocó de dirección. Buscó y buscó debajo de la almohada, pero no encontró nada. Nervioso, le abrió la boca para comprobar si le faltaba un diente pero, en ese momento, el niño se despertó y, asustado, comenzó a gritar tan fuerte que su padre, de la otra habitación, lo escuchó y corrió a ver qué estaba ocurriendo. Al encender la luz, descubrió al ratón García y, sin dudarlo, atacó a zapatillazos al pequeño ratón.
Aturdido por los golpes, el ratón se dirigió a la casa del segundo chico que tenía en su lista de direcciones pero, al llegar, encontró, debajo de la almohada un diente, dos dientes, tres, cuatro, cinco, ¡Veinte dientes!

El ratón se quedó muy sorprendido, y pensó que la solución más conveniente era dejarle todas las monedas (claro, él no sabía mucho sobre dientes).

Cuando regresó al depósito de los ratones Pérez a buscar más monedas, y luego de explicarle a todos lo que había ocurrido, el ratón tesorero, encargado de recibir y entregar monedas, se puso furioso y regañó al ratón García:

  • Ese chico pone debajo de la almohada, diente de plástico. ¡Te ha engañado! –gritó.

El ratón García se sentía muy apenado. Prometió que iba a tener más cuidado y estaría atento para que no lo vuelvan a engañar. El ratón tesorero le entregó más monedas y García partió.

Cuando llegó a la tercer casa, García se confundió de habitación, allí se encontraba durmiendo el abuelo del niño, sobre la mesita de luz estaba su dentadura postiza. Nuevamente sorprendido, García exclamó:

  • ¡No puede ser, se le salieron todos los dientes!

Pero antes de que lo engañen, se aseguró que no sean de plástico. Cuando quiso levantarlos, se dio cuenta que eran muy pesados:

  • ¡Estos dientes son de verdad! –pensó el ratón.

Y muy entusiasmado, le entregó todas las monedas.
Cuando regresó y les contó a sus compañeros lo que había ocurrido, se enojaron mucho con él. Lo que ocurría era que el ratón García era tan despistado que no podía realizar bien su tarea. El gerente Pérez estaba tan preocupado que decidió llamar a un buen amigo, el ratón Benítez, para que lo ayude.

El ratón Benítez escuchó atento todas las declaraciones, y finalmente dijo:

  • Este ratón está muy distraído, pero yo sé lo que le ocurre, le falta un buen incentivo, ¡Ya sé! Este ratón trabajará conmigo juntando quesos, y luego de cada jornada, podrá llevarse un pedazo a su casa.

El ratón García, al escuchar esto, sonrió de felicidad. Este sí era un trabajo para él. Y con un pedacito de queso en su boca, se unió a la fila de ratones trabajadores.

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Cuento: El arco iris y el camaleón

Comienza así nuestra historia: un camaleón orgulloso, que se burlaba de los demás por no cambiar de color como él, se pasaba el día diciendo:

  • ¡Qué bello soy! No hay ningún animal que sea tan lindo como yo.

Todos admiraban sus colores, pero no su mal humor y vanidad.
Un día, paseaba por el campo, cuando de repente, comenzó a llover. Después de la lluvia salió el sol junto con el arco iris.
El camaleón levantó la vista y se quedó sorprendido al verlo, pero envidioso dijo:

  • ¡No es tan bello como yo!
  • ¿No sabes admirar la belleza del arco iris? –dijo un pequeño pajarito que estaba en la rama de un árbol cercano.- Si no sabes valorarlo, es difícil que conozcas las verdades que te enseña la naturaleza; si quieres, yo puedo ayudarte a conocer algunas.
  • Mmm… ¡está bien! –dijo el camaleón.
  • Los colores del arco iris te enseñan a vivir, te muestran los sentimientos.

Pero el camaleón le contestó:

  • ¡Mis colores sirven para camuflarme del peligro, no necesito sentimientos para sobrevivir!

Y el pajarito le dijo:

  • Si no tratas de descubrirlos, nunca sabrás lo que puedes sentir a través de ellos. Además, puedes compartirlos con los demás como hace el arco iris con su belleza.

El pajarito y el camaleón se sentaron en el campo. Los colores del arco iris se posaron sobre ellos, haciéndoles cosquillas en sus cuerpecitos.
El primero en acercarse fue el color rojo, subió por sus pues y de repente estaban rodeados de manzanos, de rosas rojas y anocheceres.
El color rojo desapareció y, en su lugar, llegó el amarillo, dando vueltas por encima de sus cabezas. Estaban sonrientes, alegres, bailaban y olían el aroma de las flores.
El amarillo dio paso al verde, que se metió dentro de sus pensamientos. El camaleón empezó a pensar en su futuro, sus ilusiones, sus sueños, y recordaba los amigos perdidos.
Luego siguió el azul oscuro, el camaleón sintió estar en la profundidad del mar, nadando con peces y delfines. Salieron a la superficie y contemplaron la noche, había un baile en el cielo, y las estrellas se habían puesto sus más brillantes vestidos. El camaleón estaba entusiasmado.
La fiesta terminó y apareció el color celeste. Comenzaron a sentir una agradable sensación de paz. Flotaban entre nubes y miraban el cielo. Una nube dejó caer algunas gotitas de lluvia y se mojaron, pero igual estaban contentos.
Se miraron a los ojos y sonrieron.
El color naranja se había colocado justo delante de ellos. Por primera vez, el camaleón, sentía que compartía algo y comprendió la amistad que le ofrecía el pajarito. Todo se iluminó de color naranja. Aparecieron árboles frutales y una gran alfombra de flores.
Cuando estaban más relajados, apareció el color añil y, de los ojos del camaleón, cayeron unas lagrimitas. Estaba arrepentido de haber sido tan orgulloso y de no valorar aquello que era realmente hermoso.
Abrazó al pajarito, y pidió disculpas al pajarito y a los demás animales, y desde aquel día nunca más se burló de sus compañeros.

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Cuento: Un pichón de avestruz

Un avestruz esconde los huevos que pone, pero Margarita, el avestruz de nuestro cuento, se olvidó dónde había escondido el suyo.
Margarita tenía ese nombre porque sus ojos parecían botones amarillos, rodeados de pestañas blancas.

Era la primera vez que tendría un pichón, y tan temerosa estaba de que se lo fueran a robar antes de nacer, que fue a un matorral, uno de esos lugares donde los pastos y los arbustos crecen muy juntos y en tal desorden que ninguno sabe cuáles son sus hojas ni cómo son.

Entre tanto yuyo, Margarita encontró un espacio vacío que aprovechó para hacer un pozo no muy profundo y poder poner su huevo.

Más tarde, cayó una lluviecita tibia.

  • El verano está cerca, va a llegar en dos días –les avisó el agua a los pastos, así se iban preparando.

Y sucedió que un calor muy dulce que venía con el verano, llegó antes que él y buscó un lugar para descansar, y el lugar que más le gustó fue el matorral con el huevo de avestruz tapado con tierra.

El calor se recostó en ese lugar, bien amontonado, de modo que alcanzó mayor temperatura.

El cascarón se puso amarillento y aumentó de tamaño. Al crecer, se asomó a la superficie y le quedó la mitad al aire.

Y cuando el verano llegó por fin, el calor, que se había acobijado en el matorral, salió a recibirlo. Las altas hierbas se inclinaron para observar al agigantado huevo y terminaron tapándolo.

Cuando Margarita fue a buscar el huevo, el matorral estaba tan enredado que no lo pudo encontrar. ¡Pobre Margarita! Buscó y buscó, y luego se alejó, pensando que se había equivocado de lugar.

Un domingo por la mañana, un grupo de chicos exploradores encontró ese enorme huevo.

  • ¿De qué animal será? –fue la pregunta que todos se hicieron.
  • ¡Uhh! Debe tener muchísimos años –dijo uno de los chicos, que había advertido su color amarillento.

Y enseguida todos gritaron:

  • ¡Seguro que es un huevo de dinosaurio!

María Granata

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