Poesía: El robot niño


Abrió sus ojos de cristal
una mañana en el baúl
y vio su cuerpo de metal,
él no era un niño como tú.

Sus torpes pasos al andar,
un corazón de soledad,
sus lagrimitas de tristeza
reclamaban tu amistad.

Se miraba de reojo en el espejo
y quería ir al parque y al colegio,
sus tuercas y tornillos lo impedían
y luchaba inútilmente por tener vida.

Quisiera viajar contigo,
compartir todos tus juegos
y sentir el cálido cariño
cuando mamá dice “te quiero”.

Tener un amigo fiel
a quien contarle secretos,
un abuelo, un hogar
y un montón de sueños.

Un día te diste cuenta de su soledad,
entre tus manos chiquitas
lo abrazaste más y más
y se abrió el cielo de su libertad.

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Poesía: El valor de la amistad


Cuando el sol sofoque la esperanza de un mañana,
cuando el mar ahogue cualquier rastro de emoción,
cuando las tinieblas del dolor golpeen tu ventana
un amigo frente a ti tenderá su corazón.

Un amigo que está exento de prejuzgar
que acompaña en el sendero de la vida,
que desprende un pétalo de alegría
sin jamás intentarte cambiar.

No trates de agobiar tu alma
en los tentáculos de la soledad
pues date cuenta que la calma
está en los pliegues de la amistad.

Una amistad que refleja la luz de la sinceridad,
que escapa a la circunstancia de la alegría,
que se sumerge en la plena fidelidad
donde ella impera y es tu guía.

Aquí, el frío puñal de la traición
jamás intentará manchar el corazón
del amigo que siempre te ha apreciado
y al que tu confías sin excepción.

Y aunque el pasar feliz excluya algún día a este amigo,
y un sin número de personas lo compartan,
solo en el lúgubre momento se apartan
y quedan los que se preocupan contigo.

Aquellos son realmente importantes,
que entienden claramente tu pesar,
que levantan cualquier tipo de piedra
para dejarte continuar.

Ellos son el canal del desahogo,
el sostén de la ilusión,
el sentido de la vida,
los que merecen atención.

Son los que vale compartir la desdicha de la noche
y mucho más la alegría del mañana
pues justamente te aprecian y valoran
con un sentimiento sin pretensiones y sin fallas.

Solo un consejo, jamás obligues amistad
pues la amistad no tiene precio
y solo otorgarán falsedad
aquellos a los que les pediste el esfuerzo.

Ella es pura y perdurable,
se basa en la espontaneidad,
es un abrazo, una compañía,
un “te comprendo”, es reciprocidad.

Y quizás el destino desuna
físicamente las cosas que odiarías desunir,
pero no presumas que tu amigo,
en algún momento, pueda partir.

Porque la amistad se hace sentir
sin fronteras, sin canales,
los une los cabales
de un sentimiento sin fin.

Hector Rene Barbosa

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Cuento: El arco iris y el camaleón


Comienza así nuestra historia: un camaleón orgulloso, que se burlaba de los demás por no cambiar de color como él, se pasaba el día diciendo:

  • ¡Qué bello soy! No hay ningún animal que sea tan lindo como yo.

Todos admiraban sus colores, pero no su mal humor y vanidad.
Un día, paseaba por el campo, cuando de repente, comenzó a llover. Después de la lluvia salió el sol junto con el arco iris.
El camaleón levantó la vista y se quedó sorprendido al verlo, pero envidioso dijo:

  • ¡No es tan bello como yo!
  • ¿No sabes admirar la belleza del arco iris? –dijo un pequeño pajarito que estaba en la rama de un árbol cercano.- Si no sabes valorarlo, es difícil que conozcas las verdades que te enseña la naturaleza; si quieres, yo puedo ayudarte a conocer algunas.
  • Mmm… ¡está bien! –dijo el camaleón.
  • Los colores del arco iris te enseñan a vivir, te muestran los sentimientos.

Pero el camaleón le contestó:

  • ¡Mis colores sirven para camuflarme del peligro, no necesito sentimientos para sobrevivir!

Y el pajarito le dijo:

  • Si no tratas de descubrirlos, nunca sabrás lo que puedes sentir a través de ellos. Además, puedes compartirlos con los demás como hace el arco iris con su belleza.

El pajarito y el camaleón se sentaron en el campo. Los colores del arco iris se posaron sobre ellos, haciéndoles cosquillas en sus cuerpecitos.
El primero en acercarse fue el color rojo, subió por sus pues y de repente estaban rodeados de manzanos, de rosas rojas y anocheceres.
El color rojo desapareció y, en su lugar, llegó el amarillo, dando vueltas por encima de sus cabezas. Estaban sonrientes, alegres, bailaban y olían el aroma de las flores.
El amarillo dio paso al verde, que se metió dentro de sus pensamientos. El camaleón empezó a pensar en su futuro, sus ilusiones, sus sueños, y recordaba los amigos perdidos.
Luego siguió el azul oscuro, el camaleón sintió estar en la profundidad del mar, nadando con peces y delfines. Salieron a la superficie y contemplaron la noche, había un baile en el cielo, y las estrellas se habían puesto sus más brillantes vestidos. El camaleón estaba entusiasmado.
La fiesta terminó y apareció el color celeste. Comenzaron a sentir una agradable sensación de paz. Flotaban entre nubes y miraban el cielo. Una nube dejó caer algunas gotitas de lluvia y se mojaron, pero igual estaban contentos.
Se miraron a los ojos y sonrieron.
El color naranja se había colocado justo delante de ellos. Por primera vez, el camaleón, sentía que compartía algo y comprendió la amistad que le ofrecía el pajarito. Todo se iluminó de color naranja. Aparecieron árboles frutales y una gran alfombra de flores.
Cuando estaban más relajados, apareció el color añil y, de los ojos del camaleón, cayeron unas lagrimitas. Estaba arrepentido de haber sido tan orgulloso y de no valorar aquello que era realmente hermoso.
Abrazó al pajarito, y pidió disculpas al pajarito y a los demás animales, y desde aquel día nunca más se burló de sus compañeros.

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Poesía: Dando dos saltitos


Dando dos saltitos
y un pasito atrás,
hoy nos colocamos
siguiendo el compás.
Con mis piecesitos
me colocaré
y con voz muy suave
mi nombre diré.
Sin llantos ni gritos
vamos a jugar,
cuando hable la profe
todos a escuchar.
A veces me enfado
con mis amiguitos,
no quiero hacer nada,
quiero estar solito.
Pero ellos me abrazan
y me hacen reír,
estoy muy contento
de venir aquí.
Ya se ha hecho muy tarde,
nos vamos a casa,
adiós a la escuela
siempre hasta mañana.
Con nuestras manitas
lanzamos un beso
y el más vergonzoso
se escapa corriendo.

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